A los seis años, Sofía Ospina Llanos recibió un diagnóstico que cambiaría para siempre su historia: retinosis pigmentaria, una enfermedad visual degenerativa que provoca la pérdida progresiva de la visión. Aunque en su infancia no percibía con claridad las limitaciones físicas de la condición, sí entendía el impacto emocional que generaba en su familia. La preocupación de sus padres y el temor frente al futuro marcaron el inicio de un proceso que transformó su manera de relacionarse consigo misma y con el mundo.
Sofía Ospina Llanos es una joven escritora y autora de dos libros y creadora del movimiento Amar Sin Asfixiar. Donde ella misma se define comouna historia. Una historia que durante mucho tiempo no supo cómo contar, pero que hoy representa a miles de personas que están viviendo procesos en silencio, sin saber que no están solas.
Nacío en Cali, Colombia, y actualmente vive en Soacha, Cundinamarca. A los 6 años le iniciarón los primeros síntomas, aunque nadie supo interpretarlos en ese momento. Fue hasta los 8 años, en el consultorio de un médico, cuando todo cambió: en medio de una escena a oscuras, algo reveló lo que estaba pasando en sus ojos, pero llegó el diagnóstico: retinosis pigmentaria, una condición visual progresiva que no tiene cura y que con el tiempo va apagando el campo visual poco a poco, como si alguien fuera cerrando lentamente las cortinas del mundo. Lo que empieza como dificultad para ver de noche, con el tiempo se convierte en algo mucho más profundo, no solo en los ojos, sino en la identidad, en la manera de relacionarse, en la forma de soñar. Ella es la única de su familia con esta condición.
Entre la enfermedad y las heridas emocionales
A la noticia de su discapacidad visual se sumó otro duro golpe: el diagnóstico de cáncer cerebral de su madre. La combinación de ambas situaciones convirtió su infancia y adolescencia en una etapa de incertidumbre, miedo y profundas dificultades emocionales. La separación de sus padres, el distanciamiento con su padre y la negativa a aceptar ayuda agravaron un cuadro de ansiedad, depresión y sentimientos de culpa que la llevaron a creer que era una carga para su familia.

La reconstrucción después de tocar fondo
En uno de los momentos más críticos de su vida, Sofía intentó quitarse la vida, una decisión que la mantuvo varios días en cuidados intensivos y la obligó a iniciar un proceso de atención psiquiátrica y psicológica. A partir de entonces comenzó una etapa de reconstrucción personal que incluyó terapia, la recuperación de vínculos familiares y el apoyo de organizaciones como la Asociación Colombiana de Retinosis Pigmentaria (ACORP), espacios que le permitieron dejar atrás la soledad y reencontrar un propósito.

Porque algo pasó después de ese fondo. Algo que no tiene una explicación simple, pero que cambió todo. Inicio un proceso real de reconstrucción, no el tipo de reconstrucción que se ve bonita en redes sociales, sino el tipo que duele, que exige, que obliga a mirarse de frente sin escapatoria. Aprendió a nombrar lo que sentía. A entender su condición en lugar de huir de ella. A sanar la relación con su cuerpo, con su familia, con su historia. A dejar de ver su realidad como un castigo y empezar a verla como un punto de partida.
Dos libros para acompañar a quienes atraviesan el mismo camino
De esa experiencia nacieron sus libros Ver con el corazón y Amar sin asfixiar, obras que abordan la discapacidad visual, la salud mental, la autonomía y el papel de las familias en los procesos de acompañamiento. A través de un lenguaje cercano y basado en su propia historia, Sofía busca llenar un vacío emocional que, asegura, muchas personas enfrentan tras un diagnóstico. Su mensaje es claro: la discapacidad no define los límites de una persona y, aun cuando la visión cambia, siempre existen nuevas formas de seguir viendo la vida.
Sofía Ospina Llanos es una joven escritora y autora de dos libros y creadora del movimiento Amar Sin Asfixiar. Donde ella misma se define comouna historia. Una historia que durante mucho tiempo no supo cómo contar, pero que hoy representa a miles de personas que están viviendo procesos en silencio, sin saber que no están solas.
Nacío en Cali, Colombia, y actualmente vive en Soacha, Cundinamarca. A los 6 años le iniciarón los primeros síntomas, aunque nadie supo interpretarlos en ese momento. Fue hasta los 8 años, en el consultorio de un médico, cuando todo cambió: en medio de una escena a oscuras, algo reveló lo que estaba pasando en sus ojos, pero llegó el diagnóstico: retinosis pigmentaria, una condición visual progresiva que no tiene cura y que con el tiempo va apagando el campo visual poco a poco, como si alguien fuera cerrando lentamente las cortinas del mundo. Lo que empieza como dificultad para ver de noche, con el tiempo se convierte en algo mucho más profundo, no solo en los ojos, sino en la identidad, en la manera de relacionarse, en la forma de soñar. Ella es la única de su familia con esta condición.

